El club que nadie conoce: dos empresarios argentinos tienen silla propia
Dos argentinos, líderes en comercio y finanzas, participan de un foro global secreto. Las discusiones allí podrían influir en decisiones que impacten a nivel mundial.
Debate. El club que nadie conoce: dos empresarios argentinos tienen silla propia
Dos argentinos, líderes en comercio y finanzas, participan de un foro global secreto. Las discusiones allí podrían influir en decisiones que impacten a nivel mundial.
Marcos Galperín es una cara conocida. Fundó Mercado Libre, la empresa de comercio electrónico más grande de América latina, y es el argentino más rico. Eso ya lo sabíamos. Lo que no sabíamos hasta que una falla informática lo expuso hace un mes es que integra junto a otro argentino, Wenceslao Casares un club exclusivo de poder global que lleva 20 años operando en secreto: Dialog.
Dialog no es un partido, ni una empresa, ni una ONG. Es una red privada, fundada en 2006 por el inversor tecnológico Peter Thiel, que reúne una vez al año en hoteles de lujo, bajo la regla de que nada de lo dicho se puede atribuir a nadie a más de mil personas con poder real: funcionarios, senadores, jefes militares, empresarios de tecnología.
La membresía cuesta más de 16 mil dólares al año, y algunos la comparan con una versión discreta del Grupo Bilderberg.
En agosto va a estar Elon Musk, junto al comandante de la Otan en Europa y al secretario del Tesoro de Estados Unidos, en paneles como "Navegando la Tercera Guerra Mundial". Reguladores y regulados discutiendo el rumbo del mundo, sin que ningún votante se haya enterado nunca.
Que Galperín esté ahí no es un dato curioso: los empresarios de esta escala construyen redes de acceso al poder, y es lógico que las usen.
Eso no tiene nada de raro ni de reprochable. Lo que vale la pena mirar es qué tan visible es esa red para el resto de la sociedad. Cuando Thiel visitó Buenos Aires en abril, ya compartía con Galperín el mismo club, la misma mesa.
El segundo argentino, Wenceslao Casares, llegó ahí por otro camino: convenció a buena parte de Silicon Valley de invertir en bitcóin, moneda virtual pensada para mover dinero sin depender de bancos centrales.
Ambos construyeron carreras enormes cuestionando, a su manera, el rol tradicional del Estado uno en el comercio, otro en la moneda y hoy comparten mesa en el mismo club global.
Preguntas fundamentales
No hace falta compartir esa visión para reconocer que, si dos personas con ese nivel de influencia se sientan una vez al año con quienes definen políticas públicas, eso merece más luz de la que tuvo durante 20 años.
Un mes después de la visita de Thiel a Milei en Casa Rosada, el Gobierno anunció el "Gemelo Digital Social": un sistema que va a cruzar en una sola base los datos de salud, trabajo, educación y Anses de cada argentino, presentado como innovación.
Lo que no explicaron es que ese tipo de arquitectura es exactamente lo que vende Palantir, la empresa del mismo Thiel que preside las mesas de Dialog, hoy proveedora de agencias de seguridad de Estados Unidos para cruzar datos de personas.
No hay contrato firmado con Palantir y el proyecto todavía no tiene proveedor ni presupuesto. Eso no convierte a Thiel en parte del problema: la decisión es de quienes gobiernan.
No hay nada que probar ni que confesar; lo que hay es una pregunta legítima que la sociedad merece poder hacerse a tiempo, no cuando el sistema ya esté funcionando: ¿qué pasa con esos datos si mañana cambian las reglas?
Hay otro dato que trae esto a la vida cotidiana: por Mercado Pago, la billetera del mismo Galperín, ya cobran sus planes sociales más de un millón de argentinos el 20% de los beneficiarios de Anses, según confirmó el propio empresario.
Hoy son dos sistemas separados, sin indicio de que se vayan a cruzar. Que una empresa privada gane escala al prestar un servicio mejor que el Estado no es un problema: es una buena noticia para la inclusión financiera.
El problema aparece si esa infraestructura crece tanto que empieza a operar como un servicio público de facto, sin que nadie haya definido quién audita sus reglas y quién responde si algo falla.
Esa definición no le corresponde al mercado: le corresponde a los funcionarios que la sociedad eligió. Y ahí está el punto más incómodo. No en Galperín ni en Casares, sino en la comodidad con la que buena parte de la dirigencia política elige no ocuparse de estas preguntas hasta que ya es tarde.
Nada de esto es una conspiración ni un juicio sobre las ideas de nadie. Es un hecho verificable: durante 20 años existió, y sigue existiendo, un espacio donde se cruzan quienes deciden políticas públicas y quienes tienen el poder de moverlas con dinero, tecnología y datos, sin que la ciudadanía lo supiera. Ese club tiene, desde el principio, dos sillas argentinas.
La pregunta no es si la tecnología debe avanzar tiene que hacerlo, ni si los empresarios tienen derecho a buscar influencia lo tienen. La pregunta es si los funcionarios que elegimos nos van a contar, a tiempo, qué se está por decidir con nuestros datos y si van a hacerse cargo cuando algo salga mal.
Ingeniera en sistemas