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Sociedad
TN hace 4 días 12 min de lectura

Se enamoró a los 12 años de un chico con novia, lo esperó 24 años y una frase le cambió la vida

El vínculo atravesó décadas de encuentros, ausencias y promesas incumplidas, hasta que encontró la fuerza para cerrar ese capítulo.

Se enamoró a los 12 años de un chico con novia, lo esperó 24 años y una frase le cambió la vida
Foto: TN

¿Por qué no vemos las alarmas cuando las vemos? ¿Será que aún sabiendo que no es amor necesitamos chocar hasta convencernos de lo contrario? ¿O puede que hayamos aprendido que si no cuesta no puede ser real? Hay algo seguro: No podés saltarte la parte difícil. Ahí está justo lo que te hace crecer.

Y Sabrina lo sabe desde los doce años. Cuando todavía iba con sus trenzas y uniforme al colegio de monjas en su ciudad, Rosario. Cuando la mayor rebeldía que conocía era dormir en la casa de una amiga y escaparse a caminar por el barrio hasta las dos de la mañana. Era 2003, no existían los celulares o al menos ella no tenía acceso. Tampoco WhatsApp y mucho menos las ubicaciones compartidas. Los amores dependían de la suerte. De doblar una esquina. De salir a la calle con la esperanza de cruzarse con alguien.

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Aquella noche de marzo caminaba junto a su amiga por la avenida Provincias Unidas, en la zona de Rosario Oeste, cuando un grupo de chicos las llamó desde la vereda de una vieja fábrica. Entre ellos estaba Martín. Él tenía dieciséis. Ella, doce. La primera vez que lo vi fue él. Fue él, olvidate, repite la última frase como un juramento de amor eterno. Fue verlo y sentir algo que nunca había sentido.

A esas alturas Sabrina tenía un noviecito, el primero, que había cortado justo esa noche. Martín también le contó que tenía una novia. Ella le dijo que estaba sufriendo y el adolescente, con aires de experiencia la calmó: Bueno, el amor es así, va y viene. ¿El amor es así? Si pudiéramos escuchar al otro, entenderíamos que buscamos donde no hay. El amor es lo que cada uno es.

Volvieron a encontrarse el fin de semana siguiente. Hablaron durante horas. Se miraban demasiado. Ya la segunda vez que nos vimos, me acuerdo que nos quedamos embobados, confiesa Sabrina con la mirada perdida. Pero su amiga los descubrió antes que ellos mismos. Ustedes dos están re enamorados, adivinó.

Cuando estuvieron solos Martín se le declaró: Te tengo que decir algo, estoy enamorado de vos. Sabrina describe con precisión la escena de hace 24 años, el momento en que su vida cambiaría para siempre.

Antes de besarlo, Sabrina decidió blanquearle su verdad: No quiero comenzar mintiéndote. No tengo 15; tengo 12, le advirtió llena de deseo. Martín retrocedió. La diferencia de edad lo frenó. O eso le dijo. Tres segundos después, se dieron el inolvidable primer beso. A partir de ahí eso fue un parate para él porque siempre me vio como mucho más chica, se cree ella misma el argumento que su mente le cuenta, aún habiendo superado la edad de aquel momento tres veces.

Lo cierto es que ninguno de los dos dejó de buscar al otro. En esos años no se organizaban encuentros. Los encuentros simplemente ocurrían. Ella pasaba por la avenida. Él estaba sentado con sus amigos. Él la llamaba. Ella se acercaba. Y sucedía la magia. No era más que chape, aclara Sabrina.

Hasta que descubrió que aquello que Martín había mencionado al pasar, era toda una formalidad: tenía novia. La misma novia que sigue siendo su esposa más de veinte años después. Pero a los doce años nadie piensa en consecuencias. Y menos Sabrina, que pasaba una de las penas más grandes para una adolescente: Ese año mi mejor amiga, la misma con quien había conocido a Martín, se iba a vivir a España. Como despedida, como travesura, fuimos a la avenida en la que había hablado por primera vez con él, y escribimos gigante con aerosol Sabri y Martín en plena calle. Lo vio todo el mundo, relata todavía con una picardía infantil.

El barrio se revolucionó. Y más la novia de Martín que apareció con una barra de chicas para enfrentarla. Sabrina negó haber sido ella: Yo no era una piba que andaba en peleas, y la otra sí. Pero el grafiti ya estaba escrito. En el asfalto. Y, sobre todo, en su corazón. Como un tatuaje que aún perdura indeleble.

En el episodio callejero entre mujeres, como una metáfora del destino, el protagonista nunca apareció. ¿Qué buscás cuando buscás donde sabés que no hay?

Los años siguieron. Sabrina y Martín crecieron. Ella empezó a cruzárselo cada tanto en un boliche, en una esquina, en el barrio, sin pactar el encuentro. Siempre había un beso. Era locura que yo tenía por él. Era algo que nos cruzábamos y una pasión común, había un imán entre los dos, revela con la voz acelerada. De repente se desnuda casi literal: Después de tener mi primera vez, que fue con otro hombre, apenas me lo encontré a Martín le dije: Quiero estar con vos, ya no soy más virgen. Porque cada vez que nosotros lo intentábamos, a él le daba cosa de que a mi me doliera. Sabrina creyó que así él la tomaría como su mujer.

Pero todo siguió igual: En todos esos años que seguí viendo a Martín, la seguí cruzando a ella, dice refiriéndose a la novia. En donde me veía me decía cosas, pero como nunca fui de responder, nunca pasó a mayores. Entonces también siempre había una despedida. Porque estaba esa novia de fondo. En todos esos años él siguió con ella. Y Sabrina y Martín continuaban con la historia de nunca acabar. En un reflejo de autopreservación, Sabrina siempre ubica a la mujer de Martín en el lugar de la otra. Y así, pasaron cinco años.

Cuando Sabrina cumplió los 17 su otra vida empezó; la de adulto, la de los golpes que no avisan, aquella que al fin te dice la verdad a gritos: somos finitos. Murió su bisabuela. Aquella mujer que había sido esencial en su crianza ya no estaba. Fue mi primera muerte como quien dice. Todos tenemos un momento bisagra en que pasamos de la infancia a la realidad. Y a Sabrina le pegó por comerse la angustia.

Empezó a subir de peso. Primero unos kilos. Después muchos. Llegué a pesar 126 kilos, dice escondida en el mujerón que es hoy, y descubre: Ahí empecé a sentir su rechazo cada vez que nos encontrábamos. Hay frases que una persona olvida apenas las escucha. En cambio otras las recuerda toda la vida. Martín un día la miró y le dijo: Las mujeres no tienen que tener panza.

Él hoy asegura que no lo recuerda. Ella puede repetir esas palabras exactamente igual, hasta podría deletrear la frase a la inversa, más de veinte años después. Porque algunas heridas no dejan cicatriz. Dejan identidad. A mí él me marcó porque tuvimos muchos momentos buenos pero él hoy de grande me pidió disculpas, aclara e intenta reponerse: Cuando éramos chicos fue muy cruel conmigo y más que yo era chica, dice ahora totalmente quebrada. No quiere victimizarse pero siente que Martín le robó la pureza. Yo era inocente, no conocía la maldad, él fue mi primer hombre y a partir de ahí, empecé a aceptar malos tratos de los hombres porque el primero que conocí fue a él, eso era todo lo que tenía, despliega ya secándose las lágrimas.

Sabrina sabe que ese fue el momento en que aprendió a aceptar al desprecio como normalidad. Que si el primer hombre del que estuvo enamorada la hacía sentir insuficiente, quizás eso era el amor.

Entonces la primera temporada con Martín se terminó. No por ella, sino por el desaire de él. Luego llegaron tragedias mayúsculas. Se enamoró de otro hombre. Quedó embarazada. Los médicos le dijeron que su hijo tenía una malformación incompatible con la vida. Mientras otras madres elegían cunas, ella buscaba un cajón.

Su bebé vivió apenas dos horas. Al año siguiente se separó. Y llegó la pandemia. Perdió a su papá por COVID. Lo único que tenemos es la salud, se dijo al ver a su padre en la sala de terapia intensiva. Hay personas que después de tanto dolor se rompen. Y otras que deciden reconstruirse. Sabrina eligió la segunda opción. Empezó a cuidarse. Bajó treinta kilos. Se hizo una manga gástrica. Bajó veinticinco más. Pasó por cinco cirugías reconstructivas. No era solamente cambiar un cuerpo. Era intentar volver a vivir. Entendí que, si seguía acá, tenía que ser por mí y también por los que ya no estaban.

Creyó que esa era la parte más difícil de su historia. No lo era. Al parecer, hay personas que pasan por nuestra vida. Y hay otras que se quedan a vivir adentro, aunque apenas hayan estado.

En 2025 Sabrina fue a una fiesta de un club barrial por el Día del Amigo. Antes de salir vio una foto en el estado de un conocido. Martín iba a estar ahí. Se largó a llorar. No entendía por qué. Hacía 17 años que no lo veía. Había tenido otras parejas. Había amado. Había sufrido. Había enterrado un hijo. Había despedido a su papá. ¿Por qué seguía temblando por un chico que había conocido a los doce años?

Cuando llegó, lo supo. Era mi Martín. Él estaba igual. Más grande. Con algunas canas. Con gorra. Pero igual. Un amigo los tomó de las manos y dijo: Martín, Sabrina. Como si no hubieran compartido una vida entera antes de esa presentación. Nos conocíamos pero no nos conocíamos; éramos los mismos pero no. Hablaron durante horas. Él le mostró fotos de sus hijos. Ella le dijo algo que había esperado veinte años para soltar: Vos fuiste el amor de mi vida. Pero también me hiciste mucho daño.

Martín lloró. Le pidió perdón. Por todo. Por las frases. Por las ausencias. Por no haberla elegido. Desde ese momento no nos despegamos en toda la noche. Le dijo que siempre la había amado. Que nunca la había olvidado. Que esta vez iba a separarse. Y Sabrina le creyó.

Porque a veces el primer amor conserva un privilegio injusto. Puede volver a ilusionarnos con las mismas promesas que ya incumplió.

Desde hace un año, empezaron a verse todos los días. A escondidas. Dependiendo de los horarios de él. Esperando mensajes. Esperando decisiones. Esperando una separación que nunca llegó. Siempre esperando. ¿A cuánto más te podés acostumbrar?

Sabrina nunca quiso llamarse amante. Sentía que esa palabra no alcanzaba para explicar una historia que había empezado en la adolescencia. Pero un día entendió que eso era exactamente lo que era. Cada día se fue convirtiendo más en una agonía. Cuando dos personas se quieren, lo único que desean es estar juntas, compartir la vida, no robarse minutos. Y sin darme cuenta me convertí en la amante. Me costó muchísimo aceptar esa palabra, porque yo pensaba: No, yo no soy la amante. No soy una mujer que él conoció de grande. Nuestra historia empezó cuando éramos chicos. Pero la realidad era esa. Aunque me doliera decirlo, me había convertido en la amante, dice con algo más parecido al dolor que al resentimiento.

La hija adolescente de Martín descubrió los mensajes entre ellos. Sabrina no pudo dejar de pensar en una coincidencia que la estremecía: esa chica tenía la misma edad que ella cuando conoció a Martín. Como si el tiempo hubiera dado una vuelta completa y la hubiera obligado a mirarse, otra vez, en aquella nena de doce años que creía que el amor alcanzaba para cambiarlo todo.

Intentaron dejar de verse. Volvieron. Se alejaron otra vez. Sabrina incluso habló con la esposa de él. Le pidió perdón. Le deseó que pudiera reconstruir su familia. Y le pidió una sola cosa: Necesito que Martín no vuelva más. No volvió. Durante cinco meses. Hasta que el destino o la costumbre hizo de las suyas. A su manera, Martín siempre vuelve.

¿Por qué nos enamoramos de alguien que ni siquiera podemos tener? ¿Qué es exactamente lo que seguimos amando después del rechazo? Sabrina no habla de su sonrisa. Ni de sus ojos. Tampoco son sus besos lo que la mantiene anclada. Siento que tenemos una conexión de alma. De pronto hace un silencio rotundo y, gracias al cielo, por fin lo ve: No me eligió a los doce. No me eligió a los quince. No me eligió a los diecisiete. No me eligió a los treinta y cinco. No me eligió a los treinta y seis... y yo recién ahora estoy aprendiendo a elegirme a mí. Amén.

Quizás ahí esté el verdadero amor de esta historia. No en el chico que nunca dejó de prometer. Sino en la mujer que sobrevivió a la muerte de un hijo, a la de su padre, a un cuerpo que ya no reconocía y a un corazón que llevaba más de veinte años esperando la misma respuesta.

Porque hay nombres que se escriben con aerosol sobre una avenida. Y la lluvia, tarde o temprano, los diluye. Los más difíciles de borrar son los que quedan escritos adentro. Y quizá crecer consista justamente en eso: no en dejar de amar a alguien, sino en dejar de esperar en donde no hay.

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Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com

@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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