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TN 28/06/2026 05:40 6 min de lectura

Es ingeniero, llevó el crochet al aula y logró que sus alumnos aprendieran a concentrarse y tolerar la frustración

Cuando Juan Ferrete aprendió a tejer, encontró una forma de enfrentar el impacto de las pantallas y terminó impulsando un proyecto con alcance internacional.

Es ingeniero, llevó el crochet al aula y logró que sus alumnos aprendieran a concentrarse y tolerar la frustración
Foto: TN

El crochet es una actividad que obliga a bajar el ritmo, prestar atención a los detalles y aprender de los errores. Esas fueron las primeras características que experimentó un profesor español cuando tejió por primera vez. En lugar de guardarse el secreto, lo compartió para que sus estudiantes mejoraran en su ritmo de aprendizaje.

Juan Ferrete es un ingeniero industrial de 46 años que lleva más de 10 años enseñando tecnología en un instituto al sur de Alicante, España. Sin embargo, en este último año, incorporó el crochet para que los estudiantes no pasaran tanto tiempo con las pantallas y aprendieran a lidiar con la frustración.

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Lo que empezó como una actividad sencilla terminó llamando la atención de miles de personas en las redes sociales y dio origen a proyectos internacionales con la iniciativa de unir el arte, la educación y la comunidad a través del tejido. En Instagram documenta sus proyectos y reúne una comunidad creciente bajo el usuario @juanferrete.

En diálogo con TN, recordó cómo surgió la idea de llevar agujas e hilo al aula, compartió la reacción de sus alumnos y explicó por qué hoy impulsa unir a miles de personas en todo el mundo con sus proyectos.

Un ingeniero que teje

Cuando Juan recuerda qué llegó primero, si el crochet o la ingeniería, él responde sin dudarlo: La respuesta es fácil, la ingeniería llegó mucho antes. Nunca imaginé que años después estaría enseñando a tejer a adolescentes.

Después de descubrir el crochet, a medida que fue aprendiendo, algo llamó detenidamente su atención: Me encontré con un pasatiempo que te obliga a bajar el ritmo, a concentrarte y aceptar el error como parte natural del aprendizaje, destacó Juan.

Apenas se dio cuenta de esas cualidades, lo vio como la solución a un problema que venía observando en las escuelas: Conectó con una preocupación que tenía en el aula como profesor: la creciente dificultad de muchos jóvenes para mantener la atención durante períodos prolongados de tiempo, afirmó.

Una actividad que se convirtió en una lección

Al ser profesor de tecnología, Juan estaba acostumbrado a enseñar mediante trabajos prácticos. Por ende, el crochet no irrumpió en sus métodos de enseñanza, sino que fue incorporado naturalmente: En vez de limitarme a herramientas digitales, les propuse a mis alumnos aprender una habilidad manual alejada de la tecnología, recordó Juan.

Al principio se sorprendieron. En una clase de 25 alumnos, solo dos sabían tejer, aclaró. A pesar de que no muchos sabían, contó que, prácticamente, todas las abuelas de sus estudiantes tenían experiencia tejiendo al crochet.

Aun así, al principio no todo fue de color de rosas: Reconozco que la primera respuesta fue un rechazo generalizado, destacó Juan.

No lo agarró desprevenido; él estaba preparado para vender su actividad de forma atractiva: la introdujo de forma voluntaria y permitió que quienes participaran pudieran mejorar sus notas. Los primeros voluntarios aparecieron de inmediato.

La resistencia duró poco; a pesar de empezar con unos pocos voluntarios, luego se contagió la participación al resto del curso. En los primeros puntos se ayudaron mutuamente, se regalaron pulseras entre amigos y aprendieron nuevas técnicas junto a sus abuelas en sus casas. Incluso una alumna ciega logró tejer su propia bufanda, utilizando únicamente el tacto. La incorporación del crochet al aula había sido un éxito.

Lo que empezó como una estrategia para reducir la dependencia digital, se convirtió en una lección de colaboración, paciencia y humanidad, definió Juan.

Mi objetivo nunca fue enseñar crochet

Juan no se enfocaba en que fueran unos tejedores expertos o que realizaran una pieza perfecta; el resultado final nunca estuvo en sus planes: Lo importante era el proceso y respetar el aprendizaje de cada niño y niña.

La experiencia no terminó en las clases. Con el tiempo surgieron nuevas iniciativas que Juan espera profundizar durante el próximo ciclo lectivo. Además de las clases, crearon el Club del Crochet, un espacio para que los estudiantes tejieran durante los recreos en el taller de Tecnología. También dedicaron el Día Internacional de la Mujer a una tejedora ciega de la ciudad bajo el lema Tejer también es ver y colaboraron con otra escuela ubicada a cientos de kilómetros mediante el intercambio de cartas de amistad y pulseras tejidas.

Aunque pueda parecer paradójico, mi objetivo nunca fue enseñar crochet. El crochet solo es una herramienta; lo que realmente quiero transmitir es que todavía hay actividades capaces de unir personas, desarrollar la paciencia y recordarnos que no todo en la vida tiene que ser inmediato, explica Juan.

Otros de sus objetivos son la expansión y participación de la gente en sus nuevos proyectos: PROCESO y CRECER.

Unir a miles de personas a través del hilo

La experiencia educativa que Juan creó creció hasta transformarse en proyectos que atraviesan las fronteras.

PROCESO, uno de ellos, es una obra colectiva integrada por miles de piezas textiles enviadas por personas de distintos lugares. Su idea se sintetiza bajo el lema lo importante es el proceso y no el resultado. Juan se encargó de unir todas las piezas: Agarré las piezas sin terminar para unirlas con hilos y transformarlas en una instalación artística, comentó.

Lo que más lo sorprendió no fueron las piezas, sino las historias que llegaban con ellas: Algunas personas me comentaban diversas cosas detrás de sus tejidos, como Esta pieza la estaba tejiendo para el bebé que nunca tuve o esta fue la última labor que hizo mi madre antes de desarrollar Alzheimer.

La participación fue tan numerosa que la exposición se celebrará simultáneamente en 15 países, incluida la Argentina: El recibimiento allá fue extraordinario, hubo más de 50 puntos de recepción coordinados por mi colaboradora Verónica Melcer, destacó Juan.

Su segundo proyecto, CRECER, también es una iniciativa internacional, pero en este caso invita a nenes de distintos países a crear pulseras azules para simbolizar el crecimiento individual y colectivo. La propuesta comenzó a recibir colaboraciones de muchos países y tiene como objetivo hacer una gran instalación artística formada por miles de pulseras de los nenes de todo el mundo, explicó Juan.

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Lo que comenzó con una aguja de crochet dentro de una clase de Tecnología hoy conecta a personas de distintos países. Para Juan, en una época marcada por las pantallas, la velocidad y la búsqueda constante de resultados, un simple hilo puede convertirse en una herramienta para enseñar paciencia, construir comunidad y acercar generaciones.

Mi sueño es contribuir a crear un mundo mejor uniendo a personas de diferentes países a través de una acción tan sencilla y universal como tejer, concluyó.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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