Contacto

Volver a la portada
Estados Unidos
Clarin 27/06/2026 08:03 14 min de lectura

La rebelión de los graduados universitarios, o cómo una nueva clase trabajadora está empujando a Estados Unidos hacia la izquierda

Durante décadas les prometieron que un título era el pasaporte a la prosperidad. Hoy, trabajan en Starbucks, acumulan deudas y miran con simpatía al socialismo. En una entrevista con Clarín el periodista de The New York Times y autor de Mutiny Noam

La rebelión de los graduados universitarios, o cómo una nueva clase trabajadora está empujando a Estados Unidos hacia la izquierda
Foto: Clarin

Lo que radicaliza es la brecha entre las expectativas y la realidad.

Durante años el periodista Noam Scheiber cubrió conflictos laborales para The New York Times. Cuando comenzó a seguir la campaña sindical de un grupo de trabajadores de Starbucks en Buffalo, en el verano de 2021, pensó que estaba cubriendo una historia laboral relativamente convencional. La empresa había enfrentado intentos de sindicalización durante décadas y todos habían fracasado. Pero esta vez ocurrió algo distinto.

Los trabajadores ganaron dos de las tres elecciones que impulsaron, un hecho sin precedentes para una compañía que nunca había tenido un sindicato en una de sus tiendas propias. Lo que parecía una experiencia local empezó a expandirse rápidamente. Para marzo de 2022, unas 60 tiendas ya habían presentado solicitudes para votar la sindicalización. Poco después aparecieron movimientos similares en Apple, Amazon, Trader Joes y REI.

Fue entonces cuando Scheiber detectó algo que cambiaría el rumbo de su cobertura. Cuando empecé a hablar con estos trabajadores noté un patrón: la mayoría tenía estudios universitarios, mucha deuda y se sentía frustrada porque trabajar en Starbucks no era lo que esperaba estar haciendo después de graduarse, cuenta Scheiber en diálogo con Clarín.

Su libro, Mutiny: Rise of the College-Educated Working Class (publicado en abril por Farrar, Straus and Giroux), parte de una pregunta incómoda para el relato tradicional estadounidense: ¿qué ocurre cuando una generación hace exactamente todo lo que le dijeron que debía hacer para alcanzar la clase media y aun así fracasa?

La respuesta, según Scheiber, ayuda a explicar desde el resurgimiento sindical hasta la popularidad de figuras como Bernie Sanders y el ascenso de candidatos socialistas como Zohran Mamdani en Nueva York. También ayuda a entender por qué una parte creciente de la clase trabajadora estadounidense -incluidos muchos graduados universitarios- parece estar girando hacia posiciones económicas cada vez más radicales.

No es sólo una decepción económica, explica. Es una decepción psicológica.

El contrato roto del sueño americano

Esta generación recibió la venta más agresiva de la historia sobre la necesidad de ir a la universidad, asegura el autor. Desde el jardín de infantes les decían que la universidad no era un lujo, sino un requisito.

Durante décadas, la educación superior fue presentada como la respuesta a casi todos los desafíos económicos. A medida que desaparecían empleos industriales y avanzaba la globalización, políticos, empresarios, docentes y padres reforzaron una misma narrativa: quien estudiara lo suficiente tendría acceso a una vida cómoda y estable.

En el libro, Scheiber recuerda que algunas redes educativas llegaron a popularizar el lema la universidad empieza en el jardín de infantes. El mensaje se convirtió prácticamente en una doctrina nacional.

Los estudiantes respondieron a la exigencia: tomaron más cursos avanzados, rindieron más exámenes de nivel universitario y acumularon más credenciales que cualquier generación anterior.

Hicieron más que cualquier generación anterior para prepararse, dice el periodista. La participación en exámenes AP (una de las principales vías para obtener créditos universitarios anticipados) se multiplicó por diez entre los años 80 y la década de 2010.

Sin embargo, cuando esos jóvenes llegaron al mercado laboral encontraron una realidad muy distinta: Cuando se graduaron, el valor del título comenzó a estancarse y a disminuir. La educación seguía ofreciendo ventajas respecto de quienes no tenían estudios universitarios, claro, pero ya no garantizaba el tipo de movilidad social que había prometido durante décadas.

Hicieron enormes sacrificios para conseguir un boleto hacia la clase media alta, y ese boleto no cumplió con lo prometido. Y esa brecha es increíblemente radicalizante.

En Mutiny, Scheiber insiste en que el problema no es simplemente económico. Millones de estadounidenses sin título universitario atravesaron dificultades incluso mayores. Pero ahora están decepcionados. Para muchos graduados, quedar atrapados en empleos de servicios mal remunerados significó descubrir que la imagen de adultez que les habían enseñado a perseguir ya no era alcanzable.

Y los cambios que entrarán en vigor este año en el sistema de préstamos estudiantiles amenazan con profundizar esa sensación. A partir del 1° de julio, millones de estadounidenses deberán abandonar el plan SAVE impulsado durante la administración de Joe Biden y pasar a esquemas de pago más exigentes, con menos posibilidades de condonación y plazos más estrictos.

La deuda estudiantil ocupa un lugar central en esa historia. Muchos estadounidenses cargan durante décadas con préstamos que condicionan cada decisión económica importante. Para una generación que creció escuchando que la educación era la inversión más segura posible, el hecho de que miles de graduados sigan pagando préstamos veinte años después se ha convertido en una prueba tangible de que el viejo contrato social ya no funciona como antes.

Una nueva clase trabajadora

Detrás del resurgimiento sindical, del crecimiento del socialismo democrático y de buena parte del malestar generacional se está formando una nueva clase trabajadora. Una que no se parece a la imagen clásica del obrero industrial del siglo XX.

Son jóvenes con diplomas universitarios, hábitos culturales de clase media profesional y salarios que muchas veces apenas alcanzan para pagar el alquiler. Son, en palabras de Scheiber, personas con "las cuentas bancarias del proletariado pero los gustos de la burguesía".

En Mutiny, Scheiber describe cómo muchos de los jóvenes que terminaron organizando sindicatos en Starbucks se parecían más a los activistas universitarios que a los trabajadores industriales que tradicionalmente protagonizaban conflictos laborales. Eran graduados liberales, con expectativas profesionales altas y trayectorias académicas destacadas. Algunos provenían de universidades prestigiosas. Otros habían dedicado años a especializarse en campos que prometían carreras estimulantes. Sin embargo, terminaban compartiendo jornadas laborales, salarios bajos e incertidumbre económica detrás de una máquina de café.

La explicación, sostiene Scheiber, está en una brecha cada vez más amplia entre las expectativas y la realidad. Y si hubiera que identificar el momento en que esa promesa empezó a resquebrajarse, Scheiber apunta hacia la crisis financiera de 2008. "Hubo temblores previos alrededor de 2003, pero la crisis financiera fue un enorme terremoto que desestabilizó todo".

El colapso no sólo destruyó empleos y patrimonio. También alteró la relación de una generación entera con las instituciones.

"Las tasas de empleo para los jóvenes graduados universitarios se desplomaron y, según algunos estudios, no se habían recuperado completamente para 2019", explica. "Fue un acontecimiento transformador tanto económica como políticamente. La gente perdió confianza en instituciones como el gobierno, los bancos y las grandes empresas".

Sin embargo, el deterioro venía gestándose incluso antes de la Gran Recesión. Durante décadas, obtener un título universitario había significado una ventaja salarial cada vez mayor frente a quienes no estudiaban. Pero ese diferencial comenzó a estancarse y luego a reducirse. Los graduados recientes encontraban cada vez más dificultades para conseguir empleos acordes con su formación. La pandemia terminó de acelerar el proceso.

"Fue la gota que rebalsó el vaso", afirma Scheiber.

Mientras millones de trabajadores esenciales seguían atendiendo clientes y exponiéndose al virus, observaban cómo las ganancias empresariales crecían. "Los trabajadores asumían riesgos para su salud mientras compañías como Apple veían dispararse sus ingresos sin mejorar las condiciones laborales".

La contradicción resultó especialmente dolorosa en empresas que durante años habían cultivado una imagen progresista y cercana a sus empleados. En Apple o REI, muchos de los futuros organizadores sindicales habían llegado atraídos precisamente por la admiración que sentían hacia las marcas.

"Cuando las condiciones laborales se deterioraron o empezaron a sentirse puramente transaccionales, especialmente durante la pandemia, los trabajadores experimentaron una sensación muy fuerte de desilusión y traición".

La Gran Traición

La palabra traición aparece varias veces durante la conversación. No es casual. Los jóvenes estadounidenses sienten que hicieron todo lo que les pidieron que hicieran y que, aun así, las recompensas prometidas nunca llegaron. Quizás por eso una de las consecuencias más llamativas de este fenómeno sea el cambio ideológico.

Durante gran parte del siglo XX, la palabra socialismo funcionó en Estados Unidos como un estigma político. Un concepto asociado a la Guerra Fría, la Unión Soviética o experiencias extranjeras percibidas como amenazas. Hoy la situación es diferente. "Definitivamente hubo un cambio", coincide Scheiber.

Entre 2010 y 2020, el porcentaje de graduados universitarios con una visión favorable del socialismo pasó de aproximadamente 20% a 40%. "Y para 2020, una mayoría de los menores de 35 años veía favorablemente al socialismo".

"La crisis de 2008 mostró a la gente que mientras ellos perdían casas y empleos, los grandes bancos eran rescatados. Eso fue profundamente radicalizador". Y la consecuencia política empieza a verse en elecciones locales y nacionales.

El caso más emblemático quizás sea el de Zohran Mamdani en Nueva York, una figura del socialismo democrático que logró un respaldo abrumador entre los jóvenes universitarios.

"El 84% de los graduados universitarios menores de 30 años votó por Mamdani", señala. "Nunca se ve que el 84% de ningún grupo en Estados Unidos esté de acuerdo en algo, salvo que se haya convertido en una tendencia social entre pares".

Ese dato sugiere algo más profundo que una preferencia electoral. Sugiere la formación de una identidad generacional.

La gran pregunta es qué ocurrirá en los próximos años. Porque el conflicto político estadounidense parece dividirse entre graduados universitarios progresistas y trabajadores sin estudios superiores inclinados hacia Donald Trump. Scheiber cree que esa lectura es incompleta.

"En cuestiones sociales y culturales están muy alejados", reconoce. Pero en economía se observa una convergencia. "En los temas económicos en realidad se están acercando".

Investigaciones del politólogo William Marble muestran cómo los graduados universitarios se han desplazado gradualmente hacia posiciones económicas más parecidas a las de los trabajadores sin título universitario.

El problema es que la política contemporánea rara vez gira alrededor de la economía: "Las elecciones recientes se han peleado principalmente sobre cuestiones culturales, muchas veces amplificadas por la indignación en redes sociales".

Pero si el debate vuelve a centrarse en salarios, empleo, vivienda o costo de vida, podrían emerger alianzas inesperadas.

La IA y una nueva conciencia de clase

Y en medio de esta revuelta, en el horizonte aparece además una nueva amenaza: la inteligencia artificial.

Si la automatización afectó históricamente a trabajadores fabriles, la IA amenaza ahora a sectores que durante décadas se consideraron protegidos. "Lo estamos viendo en la ingeniería de software", apunta Scheiber. "Comenzaron despidos masivos en 2022 y luego apareció la amenaza de la inteligencia artificial generativa".

La novedad es que esta vez el miedo atraviesa profesiones tradicionalmente asociadas a la clase media alta. Por primera vez, trabajadores manuales y trabajadores del conocimiento comparten una misma sensación de vulnerabilidad.

"Está surgiendo una conciencia de clase trabajadora entre profesionales como médicos, arquitectos e ingenieros. Ahora también los trabajadores de cuello blanco se sienten vulnerables".

Y esa vulnerabilidad compartida puede generar nuevas identidades políticas, describe el autor. "Empiezan a verse como trabajadores con intereses comunes frente a quienes dirigen las empresas".

-Si un título universitario ya no es garantía de una vida próspera, ¿cuál es la nueva narrativa aspiracional para estos jóvenes estadounidenses?

-La sensación de optimismo está sufriendo un fuerte golpe, es verdad. Cuando me gradué en 1998, un trabajo en Starbucks era visto como una parada temporal en el camino hacia algo mejor. Ahora existe una desesperanza crónica. Esto se refleja en personas que apuestan por las criptomonedas o por los mercados de predicción como la única vía para lograr movilidad social ascendente. El único ámbito donde la aspiración sigue viva es la política. Muchas personas están canalizando su enojo hacia candidatos populistas que buscan derribar el sistema. Por ejemplo, en Nueva York, la elección del socialista democrático Zohran Mamdani refleja las dificultades que enfrenta la gente para subsistir con un salario común.

-Y a pesar de la decepción que sienten los jóvenes profesionales que tratan de incorporarse al mercado laboral, ¿cree que las próximas generaciones seguirán queriendo ir a la universidad?

-Todavía existe un fuerte apego cultural a la universidad como una etapa de transición hacia la adultez. Sin embargo, hoy la gente ve a las universidades con más escepticismo, incluso con cierto cinismo, como instituciones que actúan en su propio interés, "codiciosas", o como una industria que quizás no tiene en mente el bienestar de sus clientes. Desde la izquierda, las críticas se centran en las deudas y en la falta de resultados; desde la derecha, en el supuesto "adoctrinamiento" y la ideología.

Como si la deuda estudiantil, el costo de la vivienda y la incertidumbre laboral no fueran suficientes, los graduados más jóvenes enfrentan ahora otro obstáculo inesperado. Una investigación publicada este año por la Reserva Federal de Nueva York concluyó que la expansión del trabajo remoto explica cerca del 64% del aumento reciente del desempleo entre graduados universitarios jóvenes. La tasa de desempleo de este grupo pasó del 3,6% en 2019 al 5,6% en marzo de 2026, un deterioro que los investigadores atribuyen, en gran medida, a la reticencia de las empresas a incorporar trabajadores sin experiencia en equipos distribuidos.

La conclusión resulta paradójica para una generación que valora la flexibilidad laboral más que cualquier otra. Según Gallup, apenas el 6% de los trabajadores de la Generación Z prefiere trabajar exclusivamente de manera presencial. Sin embargo, los economistas de la Fed sostienen que las empresas consideran más difícil formar, supervisar y transmitir habilidades a los recién graduados cuando el trabajo se realiza a distancia. En otras palabras, el mismo modelo laboral que muchos jóvenes desean podría estar reduciendo sus oportunidades de conseguir el primer empleo que necesitan para iniciar una carrera profesional.

Soñar con otro sueño americano

Durante décadas, el sueño americano descansó sobre una promesa sencilla: la meritocracia. Eso significaba que desde chicos, la idea suprema era que estudiar más significaba vivir mejor. Lo que se observa ahora es la reacción de una generación que empieza a dudar de esa ecuación. Una generación que todavía cree en la educación, pero ya no necesariamente en el sistema que la rodea.

En ese sentido, la rebelión que se ve en la clase obrera de Estados Unidos, hoy integrada cada vez más por jóvenes formados en universidades, trata sobre expectativas y promesas rotas. Sobre lo que ocurre cuando millones de personas descubren que el futuro para el que fueron entrenadas ya no existe. Y sobre las consecuencias políticas que pueden tener preguntas que resuenan cada vez con más fuerza entre los jóvenes estadounidenses: si estudiar, endeudarse y trabajar duro ya no garantizan una vida mejor, ¿qué debería venir después? ¿Qué queda del sueño americano?

Estos universitarios que ahora son parte de la clase trabajadora creen que si el sistema ya no cumple las promesas que les hizo, quizás haya que empezar a cambiar el sistema. Por eso resuena tanto en ellos la promesa de figuras como Mamdani, quien en su discurso inaugural como alcalde de Nueva York declaró: Un momento como éste se presenta pocas veces. Pocas veces tenemos la oportunidad de transformarnos y reinventarnos. Y aún más raro es que sean las personas quienes tengan en sus manos el control del cambio (...) A partir de hoy, gobernaremos con amplitud y audacia. Puede que no siempre tengamos éxito, pero jamás se nos acusará de falta de valor para intentarlo.

Sobre la firma

Newsletter Clarín

Clarin Esta nota se publicó originalmente en el medio.
Ver noticia original

Aviso legal. Examedia es un sistema automático de monitoreo y análisis de medios. Esta noticia fue publicada originalmente por Clarin y se reproduce aquí con fines informativos y de seguimiento. Los contenidos, títulos y opiniones pertenecen exclusivamente a su fuente original; Examedia no los redacta, edita, avala ni asume responsabilidad alguna por ellos. Si sos titular de los derechos y querés que esta nota se retire, escribinos.

Examedia © 2026