Las deidades bajaron al territorio | Análisis
Hoy las deidades bajaron al territorio. Hoy las deidades nos hicieron ir al centro. A nosotros, los habitantes de las periferias. Hoy las deidades bajaron al territorio.
Prof. Dpl. Pablo Alejandro Álvarez Miorelli
Hoy las deidades bajaron al territorio.
Hoy las deidades nos hicieron ir al centro. A nosotros, los habitantes de las periferias. Hoy las deidades bajaron al territorio.
Participé de una jornada a la que fuimos convocados directivos de escuelas. Primero llegó una invitación institucional destinada únicamente a los equipos directivos. Luego, sobre la marcha, se informó que también debían participar estudiantes y familias. Como suele ocurrir cuando las decisiones se toman lejos de las escuelas, nadie pareció advertir que existen tiempos materiales, administrativos y legales para movilizar niños y niñas: autorizaciones firmadas, comunicación con las familias, información sobre destinos, actividades y responsabilidades. Nada de eso puede improvisarse.
Pero esto viene pasando. Quienes gobiernan parecen tener cada vez menos calle, menos cordón, menos vereda y, sobre todo, menos escuela. Menos experiencia concreta de cómo funcionan las instituciones educativas y de cómo se construye cotidianamente el cuidado.
Llegamos con una colega y nos encontramos con otros directivos, docentes, profesores y algunas familias junto a sus hijos e hijas. A lo largo de toda la mañana hubo una expresión que se repitió una y otra vez: Bajamos al territorio.
Una frase que se ha vuelto frecuente en los últimos tiempos.
Los que ocupan los sitiales más altos bajan al territorio. Es decir, nosotros: quienes habitamos la tierra; los docentes, las profesoras, los directivos; quienes todos los días sostenemos las escuelas. Ellos, en cambio, parecen ubicarse en una dimensión superior desde la cual descienden para transmitir saberes a quienes consideran necesitados de orientación.
No se trata solamente de una asimetría de poder, que resulta evidente. Se trata también de una asimetría cultural. Una autopercepción de superioridad que coloca a unos en el lugar de quienes saben y a otros en el lugar de quienes deben ser capacitados.
La expresión atravesó toda la jornada.
Bajamos al territorio.
Como si el territorio fuera un lugar extraño. Como si la escuela fuera un espacio exótico al que ocasionalmente se visita.
En un momento, una de las capacitadoras recién llegada desde ese Olimpo institucional comentó con total naturalidad:
¡Hay que apurarse porque ya nos busca Aerolíneas!
Lo dijo frente a un auditorio donde muchas personas habían atravesado largas distancias para asistir. Dos estudiantes de nuestra escuela, acompañados por su madre, llegaron tarde porque el colectivo que conecta la zona este con el centro demoró más de una hora. Una hora y media, en realidad.
No es una crítica a viajar en avión. Es la naturalización de una realidad social presentada como universal. Es la incapacidad de percibir que existen otras experiencias, otras trayectorias, otras condiciones de vida.
Y mientras tanto, el contenido de la jornada de capacitación sobre consumos digitales y ciberbullying "Hablemos De" (cosa rara porque cuando se habla te silencian) estuvo a cargo de representantes de una universidad privada y de su observatorio especializado. Nada en contra de las universidades privadas; existe libertad de enseñanza y libertad de mercado. Pero resulta inevitable preguntarse por qué se recurre a ellas mientras se desfinancia y se debilita el sistema universitario público que históricamente produjo investigaciones, dispositivos de prevención y políticas de intervención sobre problemáticas tan complejas como el grooming, los abusos, la violencia digital o la protección integral de las infancias.
Los temas abordados eran importantes. Muy importantes. Merecen debate, formación y compromiso.
Lo difícil de sostener fue la banalización de cuestiones profundamente dolorosas para muchas infancias.
Se habló largamente de lo que la escuela debe hacer.
La realidad es que la escuela hace mucho tiempo viene haciendo.
Ante situaciones de vulneración de derechos se activan protocolos. Se realizan informes. Se convoca a las familias. Se efectúan visitas domiciliarias. Se articulan intervenciones.
El problema es que muchas veces nadie responde.
Pienso en un niño llamémoslo Juan que el año pasado dejó de asistir a la escuela. Fuimos a su casa. Hablamos con él. Visitamos a su abuela. Convocamos a su madre. Enviamos mensajes. Realizamos informes. Activamos los protocolos correspondientes para que intervinieran los organismos competentes.
¡Nada!
Hoy ese niño sigue sin asistir.
Pienso también en una niña con graves problemas de salud cuya situación fue comunicada reiteradamente.
¡Nada!
¡Nadie, absolutamente nadie, se hizo cargo!
Mientras ellos bajan al territorio, se desmantelan las redes que deberían sostenerlo. Se reducen equipos profesionales. Se debilitan dispositivos de prevención. Se deterioran políticas públicas que durante años construyeron presencia estatal allí donde más se necesitaba.
Muchas escuelas no tienen conectividad suficiente para trabajar. Muchas veces somos los propios docentes quienes continuamos tareas institucionales desde nuestros hogares utilizando nuestros recursos personales.
Y si reclamamos, protestamos o señalamos estas situaciones, llegan las advertencias, los sumarios o las sanciones.
Por eso me pregunto: ¿De qué cuidado de las infancias hablan? ¿Quién protege a los niños cuando las actuaciones realizadas por las escuelas no encuentran respuesta?¿Quién cuida cuando desaparecen los dispositivos de acompañamiento territorial? ¿Quién cuida cuando se debilitan las políticas públicas de salud mental? ¿Quién cuida cuando crecen los consumos problemáticos y los espacios de atención son nulos o insuficientes? ¿Quién cuida cuando la ludopatía digital avanza sobre adolescentes a través de plataformas habilitadas bajo la lógica del mercado?
¿Quién cuida cuando miles de niños y niñas quedan expuestos a múltiples formas de violencia, explotación o captación?
En otro momento de la jornada, una capacitadora utilizó una expresión que provocó el inmediato cuestionamiento de una colega de andar escuela.
"Si a un adulto le gusta un niño..."
La frase quedó suspendida en el aire.
Una colega de habitar territorio reaccionó de inmediato:
No corresponde utilizar esa expresión.
La respuesta fue tan rápida como preocupante:
"Es un modo de decir."
¡No. No es un modo de decir!
Las palabras construyen sentidos. Y cuando se habla de abusos contra las infancias, la precisión no es un detalle técnico: es una responsabilidad ética.
Hoy las deidades bajaron al territorio.
Nos hablaron largamente del cuidado. Luego regresaron a sus alturas.
El territorio, en cambio, siguió aquí.
En las aulas.
En la calle.
En los barrios.
En las familias.
En el niño que hoy contuvimos junto a una colega mientras lloraba por una situación familiar.
En los niños y niñas que seguimos buscando cuando dejan de asistir.
En las escuelas que continúan sosteniendo, muchas veces en soledad, aquello que los discursos proclaman pero las políticas no siempre garantizan.
Mientras observaba todo el montaje el café, los bizcochos, el catering, los manteles negros, las cámaras, las fotografías, los registros institucionales no pude evitar preguntarme:
Si las deidades bajaron al territorio, si fuimos vistos, filmados y fotografiados...
¿Con eso ya debería sentirme feliz?
Supongo que sí.
Pero no.
Me pesa más la ausencia de tantos niños.
Me pesa más la persecución que sufrimos muchos docentes.
Me pesa más la destrucción de los vínculos que sostienen el territorio.
Mañana haré paro defendiendo precisamente ese territorio que habitamos. Lo que logremos conquistar será para todos, incluso para quienes no acompañan la lucha.
Porque el territorio no es una metáfora.
Son las escuelas.
Son los barrios.
Son las familias.
Son las infancias.
Son los trabajadores y trabajadoras de la educación que cada día intentan llevar, aunque sea un poco, de esperanza.
Hoy las deidades bajaron al territorio.
No sé si desde sus alturas alcanzan a ver el hambre de muchos niños.
No sé si alcanzan a ver el dolor de tantas familias.
No sé si alcanzan a ver los salarios cada vez más deteriorados de los educadores.
No sé si alcanzan a advertir la destrucción que producen ciertos privilegios cuando se transforman en incapacidad para reconocer que no todos parten del mismo lugar.
Las deidades ya se fueron.
Nosotros seguimos aquí.
En el territorio.
Como todos los días.
Sosteniendo lo que otros nombran.
Habitando lo que otros visitan.
Defendiendo lo que otros administran.
Porque cuando termina el acto, cuando se apagan las cámaras y concluyen los discursos, el territorio permanece.
Y nosotros también.
(*) Vicedirector Escuela Nina NEP Nº 196 Marcelino Román