¡Ay, Patria mía! - Parlamentario
El exlegislador porteño conmemora la figura de Manuel Belgrano y señala que nos enseñó que la Patria se defiende con armas cuando es necesario, pero se construye todos los días con escuelas, instituciones, producción y conducta moral.
El exlegislador porteño conmemora la figura de Manuel Belgrano y señala que nos enseñó que la Patria se defiende con armas cuando es necesario, pero se construye todos los días con escuelas, instituciones, producción y conducta moral.
Cada 20 de junio la Argentina conmemora el Día de la Bandera, pero detrás del símbolo celeste y blanco se encuentra una verdad más profunda: ese día no sólo recordamos una enseña nacional, sino la muerte de Manuel Belgrano, uno de los hombres más íntegros, austeros y visionarios de nuestra historia. La bandera no nació como un adorno patriótico ni como una pieza de ceremonial. Nació en medio de la guerra, de la incertidumbre y del sacrificio, como una necesidad moral de la Revolución: darle a un pueblo en armas una identidad, una causa y un destino común.
Belgrano fue mucho más que el creador de la bandera. Fue abogado, economista, periodista, militar por deber y patriota por convicción. Desde el Consulado de Buenos Aires comprendió antes que muchos que la libertad política sería incompleta sin educación, trabajo, industria, comercio, agricultura, navegación y desarrollo productivo. Su pensamiento no fue declamativo: fue profundamente práctico. Creía que una Nación no se construía solamente con proclamas, sino con escuelas, caminos, producción, conocimiento y virtud pública. En ese sentido, Belgrano sigue siendo una interpelación al presente.
La unión nacional que él encarnó no fue uniformidad ni silencio forzado. Fue la conciencia de que, por encima de las diferencias, debía existir una causa superior: la Patria. En tiempos en que las facciones dividían, las ambiciones personales conspiraban y las disputas internas debilitaban el proceso revolucionario, Belgrano sostuvo una idea esencial: sin unidad no hay independencia posible, y sin grandeza moral no hay República duradera. La bandera que izó por primera vez en Rosario no fue solamente un emblema militar; fue una convocatoria a reconocernos como parte de una misma comunidad histórica.
Su vida pública estuvo atravesada por una ética que hoy resulta casi incómoda por su contraste con tantas prácticas contemporáneas. Belgrano no buscó enriquecerse con el poder. No utilizó el cargo como botín ni la función pública como escalera de vanidades personales. Cuando recibió premios por sus triunfos militares, los destinó a la creación de escuelas. Entendía que el reconocimiento más alto no era la fortuna individual, sino la formación de ciudadanos capaces de sostener la libertad conquistada. Allí hay una lección que no envejece: el dinero público tiene destino público, y la política sólo se justifica cuando sirve al bien común.
También fue honesto en la derrota. Asumió responsabilidades, soportó críticas injustas y obedeció decisiones que muchas veces no compartía. Se hizo militar sin haber nacido para la guerra, porque la Revolución necesitaba hombres dispuestos a ocupar el lugar que la historia demandara. En el Éxodo Jujeño, en Tucumán, en Salta, en las campañas difíciles y en los reveses dolorosos, Belgrano demostró que el patriotismo no consiste en hablar fuerte, sino en servir con coraje, disciplina y desprendimiento.
Su compromiso con el desarrollo productivo fue igualmente notable. Pensaba en una Nación capaz de generar riqueza genuina, de educar a sus productores, de incorporar técnica, de aprovechar sus recursos naturales, de abrirse al comercio sin resignar su soberanía. No concebía la independencia como una abstracción jurídica, sino como la posibilidad concreta de que un pueblo viviera de su trabajo, produjera, aprendiera y progresara. Para Belgrano, la economía debía tener una dimensión moral: producir no era sólo acumular bienes, sino crear dignidad, arraigo y futuro.
Por eso su muerte en la pobreza resulta una de las escenas más dolorosas de nuestra historia. Murió el 20 de junio de 1820, en una Buenos Aires desgarrada por luchas internas, casi en silencio, mientras la anarquía política devoraba los ideales que él había ayudado a fundar. El hombre que había entregado su fortuna, su salud y su vida a la causa americana murió sin riquezas, sin estridencias y con la serenidad amarga de quien había dado todo. La tradición recuerda su lamento final ¡Ay, Patria mía! como una síntesis del dolor de quien veía a la Nación amenazada por sus propias divisiones.
Conmemorar el Día de la Bandera exige, entonces, algo más que repetir ceremonias. Exige preguntarnos qué hacemos hoy con el legado de Belgrano. Si la bandera nos une, no puede ser usada como instrumento de facción. Si representa la libertad, no puede convivir con la corrupción. Si expresa la Nación, no puede reducirse a un símbolo vacío mientras se abandona la educación, se desalienta la producción o se naturaliza la pobreza. Honrarla es asumir que la Argentina necesita reconstruir una ética pública basada en la honestidad, el mérito, el trabajo y la responsabilidad.
Belgrano nos dejó una bandera, pero también nos dejó un mandato. Nos enseñó que la Patria se defiende con armas cuando es necesario, pero se construye todos los días con escuelas, instituciones, producción y conducta moral. Nos mostró que el verdadero poder no está en imponerse sobre los demás, sino en servir a una causa más grande que uno mismo. Y nos recordó, con su vida y con su muerte, que ninguna Nación puede prosperar si olvida a los hombres que la pensaron con grandeza y la sirvieron con humildad.
El 20 de junio no debe ser sólo una fecha escolar ni una efeméride protocolar. Debe ser una jornada de examen nacional. Frente a la bandera, la Argentina debiera mirarse con sinceridad y preguntarse si está a la altura de Belgrano, si somos dignos de haberla prometido y jurado. Porque mientras su ejemplo siga siendo necesario, también seguirá siendo una deuda pendiente.