Antártida: cómo la ciencia, los recursos y la geopolítica redefinen el futuro del continente
La actividad en la Antártida se sostiene sobre una lógica particular: investigación, presencia constante y reglas consensuadas. En ese entramado, la Argentina construye su lugar mientras se abren interrogantes sobre el rumbo del sistema.
Desde hace más de un siglo, la Argentina mantiene actividad ininterrumpida en la Antártida. Todo comenzó en 1904, cuando se instaló un observatorio meteorológico en las Islas Orcadas del Sur. Ese hito no solo marcó el inicio de la actividad científica nacional en el continente blanco, sino que también se convirtió en uno de los principales antecedentes que hoy sostienen la posición del país en la región.
El territorio antártico, en su gran mayoría cubierto por hielo, está regulado por un entramado de acuerdos internacionales. Entre ellos, el Tratado Antártico es el eje central. En ese marco, la presencia argentina no se limita a ocupar un espacio: implica sostener una actividad científica, logística y operativa constante.
Presencia antártica
Una de las claves para entender el rol argentino es la continuidad. En la Antártida, la legitimidad no se construye con acciones aisladas, sino con permanencia sostenida en el tiempo. En términos concretos, estar en la Antártida significa poder acceder, permanecer durante todo el año y desarrollar actividades en condiciones extremas.
Para el General de Brigada (R) del Ejército Argentino y ex Comandante del Comando Conjunto Antártico, Edgar Caladín, la presencia se materializa a través de una red de bases, campañas antárticas anuales, despliegue de medios navales y aéreos, y una actividad científica.
Actualmente, Argentina cuenta con 13 bases antárticas. Siete de ellas son permanentes y están operativas durante todo el año y seis funcionan de manera temporaria, principalmente en verano. La diferencia no es menor: las bases permanentes implican un mayor nivel de compromiso logístico y estatal, mientras que las temporarias permiten ampliar la cobertura territorial y científica en períodos más favorables.
Para la internacionalista Aldana Molfino, esta ocupación sostenida cumple un rol central: La presencia permanente funciona como antecedente concreto para respaldar el reclamo argentino de soberanía en la Antártida. A eso se suman otros factores, como la cercanía geográfica y la continuidad geológica.
Tratado Antártico: qué permite y qué limita
El Tratado Antártico, firmado en 1959 y vigente desde 1961, es el acuerdo que regula la actividad en el continente. Nació con 12 países, entre ellos la Argentina, y estableció un principio central: que la Antártida debe destinarse exclusivamente a fines pacíficos.
Según la licenciada Molfino, establece la desmilitarización de la Antártida, prohibiendo las bases militares, ensayos militares, explosiones nucleares, eliminación de desechos radiactivos, reservando su uso exclusivamente para fines pacíficos. En ese marco, el tratado asegura la libertad de investigación científica y pone a la cooperación internacional como base del sistema.
En la práctica, el funcionamiento se apoya en una dinámica particular. Las reglas se discuten y acuerdan en reuniones consultivas entre los Estados, donde no existe una autoridad central que establezca decisiones.
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Con el paso del tiempo, ese acuerdo inicial dio lugar a un sistema más amplio de regímenes complementarios. Se trata de un esquema complejo que combina normas jurídicas, acuerdos políticos y prácticas sostenidas por los Estados. En ese entramado se incluyen instrumentos clave como el Protocolo de Madrid, orientado a la protección ambiental, y los convenios que regulan la actividad pesquera, junto con otros mecanismos que ordenan en la práctica el funcionamiento del continente.
De cara al futuro, el sistema no está exento de tensiones. Según el análisis de especialistas como Edgar Calandín, hay factores que podrían modificar su dinámica: una mayor presión sobre los recursos, cambios en el equilibrio de poder global entre las grandes potencias, el avance tecnológico y la posible revisión de acuerdos clave como el Protocolo de Madrid en las próximas décadas.
Ciencia y recursos
La ciencia es el eje estructural del sistema antártico. A través de la investigación, los países generan información clave sobre el clima, los océanos y los ecosistemas, datos que adquieren cada vez más valor a nivel global.
En cuanto a los recursos, existe una variedad importante, aunque todavía no se traduce en una explotación directa. En el análisis de María Ana Leal, en La Antártida: importancia geopolítica y económica, se establece que hay dos grandes tipos: renovables y no renovables.
Por un lado, aparecen las algas que son utilizadas en la agricultura, en medicamentos y para consumo, además de los peces y el krill. Todos ellos forman parte de los recursos renovables. Por otro, están los no renovables, como los hidrocarburos, el gas y distintos minerales, entre ellos el hierro y el cobre.
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Sin embargo, no todos son utilizados para la explotación. Existen acuerdos internacionales que lo prohíben, como el Protocolo de Madrid. Una de las bases del accionar en la Antártida sigue siendo el uso pacífico del área y el rol central de la ciencia.
En ese marco, el estudio de los recursos, según Calandín, cumple tres funciones clave: legitima, justifica la presencia y el accionar estatal, cierto grado de gobernanza, ya que organiza la cooperación y establece un lenguaje común entre actores diversos.
El reclamo argentino y las superposiciones
En 1957, Argentina formalizó su reclamo territorial. Según Molfino, El Sector Antártico Argentino reclamado se establece por el paralelo 60° Sur y el Polo Sur y los meridianos 25° y 74° de longitud Oeste.
Este reclamo se superpone parcialmente con Chile y totalmente con el Reino Unido. Sin embargo, en la práctica no existen fronteras físicas en el territorio y el Tratado Antártico congela las disputas, limitando el ejercicio de soberanía.
Para las próximas décadas, el escenario antártico podría evolucionar en distintas direcciones. El general retirado Edgar Calandín plantea que no hay un único camino, sino varias trayectorias posibles que dependen del contexto internacional, la presión sobre los recursos y el avance tecnológico.
En ese contexto, según el especialista, se proyectan tres escenarios posibles: una continuidad del esquema cooperativo actual, o una reconfiguración más profunda del sistema con tensiones geopolíticas más marcadas.
- Continuidad del esquema cooperativo actual: el sistema actual podría sostenerse con relativa estabilidad. En ese caso, la cooperación y la ciencia seguirían siendo los puntos centrales.
- Competencia creciente pero regulada entre Estados: apunta a una competencia más marcada, aunque sin romper las reglas vigentes. Allí, los países profundizarían su presencia en el territorio, invertirían en infraestructura y desarrollarían mayores capacidades tecnológicas. La cooperación científica continuaría, pero con un trasfondo cada vez más estratégico.
- Reconfiguración geopolítica: implica un debilitamiento de los consensos que hoy sostienen el sistema y una mayor proyección de las tensiones globales sobre la Antártida. En ese contexto, podrían abrirse debates sobre las reglas actuales, especialmente en torno al uso de los recursos.
¿Cuál es el camino a seguir? El rumbo final dependerá de cómo se combinen una serie de factores en los próximos años. Argentina parte de una posición relevante: presencia histórica, despliegue territorial y una tradición científica consolidada.
Redacción: Candela Mascetti