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Provinciales
9digital 20/04/2026 09:01 2 min de lectura

Una mirada desde la alcantarilla. Caballo de madera - 9 Digital - Mi 9

Una mirada desde la alcantarilla. Caballo de madera -

Una mirada desde la alcantarilla. Caballo de madera - 9 Digital - Mi 9
Foto: 9digital

Caballo de madera

Mientras los árboles crujen y ceden ante el movimiento del viento,

la hija muerde una pera fresca

como si un artesano tomara un tronco

entre sus brazos y pensara en la forma posterior.

La niña y la fruta guardan, sin saberlo, vínculo quirúrgico

en sus trazos delinean un horizonte que mezcla carne y hueso

como la terminación del cielo contra suelo en los días de calor

la niebla precisa

hija y fruta entre

una respiración y la otra.

A veces siento cómo palpita el corazón

enredado entre la pulpa.

A veces casi no pienso en cosas importantes

y en las cosas que a nadie le interesan me detengo:

el límite claro entre las encías al final de cada diente

la forma de mantener la calma

mientras se atropella contra las curvas.

Si al nacer hubiese podido elegir un talento

habría escogido el del que hace de una tabla un animal.

Con el hueco sano de la mano mirando de cara al cielo

dejaría la astilla incrustada

en el nido donde la piel es atravesada

por cientos de patas de pájaros.

A veces pienso que si pudiera tallar

un caballo de madera y sostener

el cuello de un jinete nuevo entre las falanges

usaría mis uñas para rascar las orejas siempre atentas

escucharía el milagro por las manos.

Cómo nace un relincho.

Cómo cede la madera al viento.

Entre los dedos un bosque y un malón.

No sé nada de artesanías pero creo que estaría

haciendo algo tan inútil como un poema y

aún así, liberaría al tronco de virutas

tendría la posibilidad

de medir el peso de las cosas zonzas.

Un objeto hecho por mí con las deformaciones de mi ignorancia.

A destajo y fe.

Nada de lo que vale la pena tiene precio y es tan lindo

sin embargo

esto de no estar más

que para contar los bocados de la nena

contra la pera. Y ver las gotas del jugo

chorreando en su mano,

empapando hasta los codos

Friccionando con las puntas de los huesos

un pequeño charco dulce donde retozaría

sin dudas

mi potro,

si pudiera tallarlo.

Como si esta hija que me atrapa

constantemente

me dijera cosas aún en silencio.

Y la viera a ella como se ve un acantilado

que deja nacer una cascada. Para nadie y para todos

el secreto mejor guardado

de la vida que muere en el centro de un bosque.

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